Algunas colaboraciones relojeras parecen evidencias comerciales. Otras se acercan más al golpe de efecto. La que hoy une a Audemars Piguet y Swatch pertenece a esta segunda categoría. Porque había que atreverse. Atreverse a acercar la manufactura de Le Brassus, casa independiente, familiar, casi sagrada en el imaginario de los coleccionistas, y Swatch, marca popular, colorida, industrial, irreverente, cuya misión histórica siempre ha sido hacer deseable la relojería suiza para el mayor número de personas.
En esta página
- Un desplazamiento más que una copia
- La Royal Oak como lenguaje cultural
- Ocho relojes, dos lecturas del tiempo
- Un objeto lúdico, pero un verdadero desafío industrial
- El Sistem51 se vuelve manual
- Pop Art, Royal Oak y cultura popular
- Una colaboración única, no una colección infinita
- Una operación sin beneficio para Audemars Piguet
- Una provocación útil
- El reloj que dará que hablar
- Preguntas frecuentes

Después de la MoonSwatch con Omega, y luego la Scuba Fifty Fathoms con Blancpain, Swatch da por tanto un paso más. Esta vez, la operación ya no se desarrolla únicamente dentro del Swatch Group. Alcanza uno de los iconos absolutos de la relojería contemporánea: la Royal Oak de Audemars Piguet. Algo que hará rechinar algunos dientes, sonreír a muchos aficionados y provocar esa forma de agitación mundial cuyo secreto Swatch aún posee.


Pero lo más interesante no está solo en la asociación de los dos nombres. Se encuentra en la elección del objeto. Al contrario de lo que muchos imaginaban, la Royal Pop no es una Royal Oak de muñeca en biocerámica. No es una Royal Oak «accesible», ni una versión simplificada del icono de 1972. Es otra cosa: un reloj de bolsillo contemporáneo, colorido, mecánico, convertible, pensado para llevarse en otro lugar que no sea la muñeca.
Un desplazamiento más que una copia
Probablemente ahí resida la inteligencia del proyecto. Audemars Piguet y Swatch podrían haber seguido la vía más evidente: retomar la silueta de la Royal Oak, vestirla de biocerámica, dotarla de un brazalete integrado y provocar instantáneamente colas interminables. El éxito habría estado asegurado. El debate también.
En lugar de eso, las dos casas eligieron el desplazamiento. La Royal Pop retoma los signos fuertes de la Royal Oak: bisel octogonal, tornillos aparentes, esfera inspirada en la Petite Tapisserie, silueta inmediatamente identificable. Pero los traslada a un objeto que escapa al registro habitual del reloj de pulsera.

Grégory Kissling, responsable de los proyectos especiales del Swatch Group, resume lo esencial con una fórmula sencilla: «No es un reloj de pulsera». Esta frase basta para comprender la naturaleza del ejercicio. No se trata de ofrecer al gran público una falsa Royal Oak, sino de crear un objeto relojero paralelo, inspirado en la historia de la casa de Le Brassus y en el espíritu libre de Swatch.
La Royal Pop se lleva alrededor del cuello, en un bolsillo, colgada de un bolso, eventualmente colocada sobre una mesa gracias a un soporte extraíble. Recupera así una libertad de uso que la relojería contemporánea había olvidado en gran medida. Antes de quedar encerrado en la muñeca, el reloj vivió en los bolsillos, suspendido de cadenas, colocado sobre escritorios, deslizado en los gestos del día a día. La Royal Pop reactiva esa memoria, pero con los colores y la audacia de un objeto pop.
La Royal Oak como lenguaje cultural
Desde 1972, la Royal Oak ya no es solo un reloj. Se ha convertido en un lenguaje. Su bisel octogonal, sus ocho tornillos, su esfera tapisserie y su brazalete integrado han forjado una nueva definición del reloj deportivo chic. En su momento, ya había escandalizado. Un reloj de acero ofrecido al precio de un reloj de oro, diseñado por Gérald Genta, fabricado con un grado de exigencia inédito, no podía dejar indiferente a nadie.

Más de medio siglo después, el icono se ha convertido en objeto de deseo, de especulación, a veces de frustración. Su rareza, sus precios, su estatus social y su aura han contribuido a transformarlo en símbolo absoluto de éxito relojero. Es precisamente ese estatus el que la Royal Pop viene a sacudir, no destruyéndolo, sino desplazándolo.
El enfoque puede interpretarse de dos maneras. Los puristas verán en él una provocación, quizá una banalización de los códigos de Audemars Piguet. Los demás leerán en él un intento de abrir el relato de la Royal Oak a un público nuevo. Ilaria Resta, presidenta de Audemars Piguet, asume esta lógica de apertura. En las declaraciones recogidas por Judikael Hirel, evoca la necesidad de dirigirse a las jóvenes generaciones y de hacer entrar a un nuevo público en el universo de la relojería mecánica.

La palabra más importante es quizá la de «megáfono», empleada para calificar la potencia de Swatch. Audemars Piguet sabe perfectamente que Swatch habla a públicos que la alta relojería no siempre alcanza. Adolescentes, jóvenes adultos, aficionados al diseño, curiosos, coleccionistas ocasionales, compradores que jamás cruzarían espontáneamente la puerta de una AP House. En este sentido, la Royal Pop no es solo un reloj. Es una herramienta de conversación.
Ocho relojes, dos lecturas del tiempo
La colección se compone de ocho modelos. La cifra, evidentemente, no tiene nada de casual. Ocho como los lados del bisel octogonal. Ocho como los tornillos que estructuran el rostro de la Royal Oak. Ocho como una firma inmediatamente reconocible, transformada aquí en principio de colección.
Estas Royal Pop miden 40 mm de diámetro por 8,4 mm de grosor. Están realizadas en biocerámica, material emblemático de las recientes colaboraciones de Swatch, compuesto por polvo cerámico y una materia de origen biológico procedente del ricino. El reloj es ligero, colorido, accesible, pero el cuidado prestado a ciertos detalles muestra que el ejercicio no se limita a un simple producto de marketing.

Se proponen dos tipos de indicación. Seis modelos adoptan una arquitectura de tipo reloj de bolsillo con corona a las 12 horas y dos agujas. Otros dos modelos añaden un pequeño segundero a las 6 horas, con una corona situada a las 3 horas y una lectura de la hora ligeramente desplazada. Los primeros se anuncian a 385 euros, los segundos a 400 euros.
La distribución seguirá la lógica ya conocida de las grandes colaboraciones de Swatch: venta únicamente en boutique, límite de un reloj por persona, por día y por boutique, y lanzamiento previsto el 16 de mayo. Las colas deberían por tanto formar parte integral del espectáculo. Nick Hayek no lo oculta: este fenómeno pertenece desde ahora a la mecánica del deseo mundial que Swatch sabe provocar.
Un objeto lúdico, pero un verdadero desafío industrial
La Royal Pop sería menos interesante si solo se basara en un revestimiento colorido. Sin embargo, el proyecto revela un trabajo industrial más ambicioso de lo que parece. La esfera retoma el motivo Petite Tapisserie, pero hubo que traducirlo a un lenguaje Swatch. Grégory Kissling explica que se escaneó la esfera de una Royal Oak con el fin de desarrollar un molde capaz de restituir ese motivo en relieve. Color, barnizado, acabado de superficie: todo requirió un desarrollo específico.

El bisel y el fondo reciben un acabado vertical satinado. Este detalle es esencial. En una Royal Oak, el juego de las superficies cepilladas, pulidas, tensas o angulosas forma parte de la identidad visual del reloj. Trasladarlo a la biocerámica no tenía nada de evidente. Hubo que integrar ese acabado en los moldes y desarrollar una manera de dar vida a un material que, por naturaleza, no obedece a las mismas limitaciones que el acero.
Nick Hayek habla de un objeto que se sostiene en la mano como un «caramelo precioso». La fórmula está bien encontrada, porque lo dice todo sobre esta Royal Pop: un objeto deliberadamente goloso, casi infantil en sus colores, pero tratado con una forma de seriedad industrial. Dos cristales de zafiro, delante y detrás, refuerzan esa impresión de calidad inesperada en el universo Swatch.
El Sistem51 se vuelve manual
El movimiento constituye la otra sorpresa. La Royal Pop está animada por el Sistem51, pero en una versión de cuerda manual. Esta elección es coherente. Un reloj de bolsillo, llevado de forma discontinua, no requiere necesariamente el mismo tipo de automatismo que un reloj de pulsera. La cuerda manual devuelve un gesto relojero simple al centro de la experiencia.

Este movimiento mecánico Swiss Made, ensamblado de manera totalmente automatizada, sigue siendo uno de los grandes logros industriales de Swatch. En esta versión, reivindica 90 horas de reserva de marcha, un espiral Nivachron amagnético, un ajuste de precisión efectuado con láser en fábrica y 15 patentes activas. El fondo transparente permite observar algunos de sus elementos, pero también apreciar una decoración propia de cada modelo, en un espíritu inspirado en el Pop Art.
El tambor del barrilete desempeña igualmente un papel funcional. Indica el estado de cuerda del reloj mediante un juego de colores: cuando ciertas zonas aparecen grises, el muelle debe volver a cargarse; cuando el conjunto vira al dorado, el muelle está plenamente armado. Es simple, visual, legible y perfectamente acorde con el espíritu Swatch.
Pop Art, Royal Oak y cultura popular
Nick Hayek establece él mismo un vínculo entre la Royal Oak, el Pop Art y la idea de que un objeto simple pueda convertirse en una obra cultural. Esta referencia no es gratuita. Swatch siempre ha sido más que una marca de relojes. Desde los años 1980, ha sabido hacer del reloj un soporte gráfico, un accesorio de moda, un signo de época, a veces incluso un terreno de expresión artística.

Audemars Piguet, por su parte, hace tiempo que abandonó el estricto territorio de la alta relojería clásica. La manufactura ha colaborado con el universo Marvel, con Travis Scott, con artistas, deportistas, creadores. La Royal Pop se inscribe en esa continuidad: la de una marca que no desea permanecer encerrada en el respeto silencioso de sus iconos.
No hay que leer, por tanto, esta colaboración como una contradicción absoluta. Swatch aporta el color, el acceso, la energía popular. Audemars Piguet aporta la legitimidad, el diseño, la profundidad histórica, el peso simbólico. El resultado es deliberadamente híbrido. Y es sin duda lo que lo hace interesante.
Una colaboración única, no una colección infinita
A diferencia de la MoonSwatch, la Royal Pop se presenta como una colaboración única en torno a ocho relojes. Nick Hayek deja entrever que la producción será limitada en el tiempo, sin calendario definitivo ni cantidades anunciadas. Esa nebulosa entre disponibilidad, rareza y deseabilidad forma parte de la ecuación.
Al haber arrancado la producción más tarde para preservar el secreto, las primeras semanas corren el riesgo de alimentar los mismos fenómenos que los lanzamientos anteriores de Swatch: colas, frustración, especulación, reventa inmediata, debates en línea y frenesí mediático. Algunos denunciarán una estrategia de rareza organizada. Otros verán en ello simplemente la consecuencia de un objeto mundialmente deseable.

Lo que es seguro es que la Royal Pop será comentada por personas que jamás la comprarán, criticada por aficionados que aun así harán cola, y observada muy de cerca por el conjunto de la industria relojera.
Una operación sin beneficio para Audemars Piguet
Un punto merece ser subrayado. Audemars Piguet no obtendrá beneficio financiero directo de esta colaboración. Los fondos recibidos por la manufactura deben destinarse a una iniciativa dedicada a la preservación y a la transmisión de los saberes relojeros, en particular los oficios raros y la formación de las nuevas generaciones.

Este elemento da otra dimensión al proyecto. La Royal Pop no se limita a surfear sobre el aura de la Royal Oak. Se convierte también en una palanca de pedagogía y de transmisión. Ilaria Resta ve en esta colaboración un «magnífico regalo» para el ecosistema relojero. La fórmula puede parecer ambiciosa, pero dice algo cierto: la relojería necesita suscitar vocaciones, despertar el deseo, hacer soñar más allá del círculo restringido de los coleccionistas ya convencidos.
Grabadores, engastadores, artesanos, relojeros, técnicos, ingenieros: toda una cadena de oficios debe preservarse. Para ello, hay que atraer la atención. Y pocas marcas saben atraer la atención como Swatch.
Una provocación útil
La Royal Pop no gustará a todo el mundo. Probablemente tampoco haya sido pensada para eso. Algunos la juzgarán demasiado lúdica, demasiado colorida, demasiado alejada de la supuesta nobleza de la Royal Oak. Otros verán en ella un respiro bienvenido en una industria a veces demasiado seria, demasiado cara, demasiado cerrada sobre sus propios códigos.

Lo que es seguro es que el objeto tiene sentido. Al rechazar el reloj de pulsera, Audemars Piguet evita la comparación frontal con la Royal Oak. Al elegir el reloj de bolsillo, la manufactura recuerda una parte más antigua de su historia. Al asociarse con Swatch, acepta hablar a una generación que aún no posee sus códigos, pero que mañana podría interesarse por la relojería mecánica.
La Royal Pop es, por tanto, menos una democratización de la Royal Oak que una invitación a entrar en su imaginario. No da acceso a la alta relojería. Da acceso a una conversación sobre la alta relojería. Y eso ya es mucho.
El reloj que dará que hablar
A partir del 16 de mayo, las boutiques Swatch deberían ver formarse una vez más colas de espera. Algunos vendrán por pasión. Otros por curiosidad. Otros más por oportunismo. El fenómeno es previsible, casi está escrito. Pero más allá del ruido, quedará un objeto singular: un reloj de bolsillo mecánico, colorido, industrial, inspirado en uno de los mayores iconos del lujo relojero.



La Royal Pop es risueña, provocadora, quizá imperfecta, pero profundamente contemporánea. Reúne dos visiones que todo parecía oponer: la exigencia patrimonial de Audemars Piguet y la energía popular de Swatch. Recuerda que la relojería nunca está tan viva como cuando acepta salir de su marco.



Con esta Royal Pop, la Royal Oak abandona la muñeca. Pero quizá gane un nuevo territorio: el de la cultura popular.
Preguntas frecuentes
Se trata de una colaboración entre Audemars Piguet y Swatch declinada en ocho relojes de bolsillo en biocerámica, inspirados en los códigos visuales de la Royal Oak (bisel octogonal, tornillos aparentes, esfera Petite Tapisserie). No es un reloj de pulsera: la Royal Pop se lleva alrededor del cuello, en un bolsillo o colgada de un bolso.
Los seis modelos de dos agujas se anuncian a 385 euros. Los dos modelos con pequeño segundero a las 6 horas se ofrecen a 400 euros.
El lanzamiento está previsto para el 16 de mayo. La distribución se realiza exclusivamente en boutique Swatch, con un límite de un reloj por persona, por día y por boutique.
La Royal Oak de Audemars Piguet es un reloj de pulsera de alta relojería en acero o materiales nobles, lanzado en 1972. La Royal Pop retoma sus códigos visuales pero los traslada a un reloj de bolsillo en biocerámica animado por un Sistem51 de cuerda manual. No es ni una versión ni una variante accesible de la Royal Oak.
La Royal Pop está animada por un Sistem51 en una versión de cuerda manual, dotado de 90 horas de reserva de marcha, de un espiral Nivachron amagnético y de 15 patentes activas. El tambor del barrilete visible señala el estado de la cuerda mediante un juego de colores.
El objetivo declarado es hablar a un público que la alta relojería no alcanza habitualmente —jóvenes generaciones, aficionados al diseño, curiosos— apoyándose en la fuerza mediática de Swatch. Audemars Piguet no percibe ningún beneficio directo: los fondos recibidos se destinan a la preservación y a la transmisión de los saberes relojeros.
Sí. La colaboración ha sido presentada oficialmente por las dos casas. Ilaria Resta, presidenta de Audemars Piguet, y Nick Hayek, patrón de Swatch, han confirmado ambos el proyecto y su lanzamiento el 16 de mayo.


